Sesgos cognitivos en educación canina: dos miradas para una misma conducta
Sesgos cognitivos en educación canina:
dos miradas para una misma conducta
Este artículo acompaña al carrusel de Instagram sobre sesgos cognitivos.
En este artículo vas a encontrar
- Una definición clara de sesgo cognitivo y cómo lo entiende la psicología cognitiva.
- La comparación con la mirada del análisis de la conducta, sin hablar de “errores mentales”.
- Ejemplos aplicados a personas y perros para ver cómo cambia la explicación y qué se mantiene igual en la conducta observable.
- Ideas prácticas para revisar tus interpretaciones y tomar decisiones más ajustadas en el día a día con tu perro.
Cuando interpretamos lo que hace nuestro perro, no solo observamos su conducta: también utilizamos formas habituales de explicar por qué ocurre lo que ocurre. Esas explicaciones no siempre se basan en todos los datos disponibles, sino en patrones que hemos aprendido a usar para organizar la información.
1. ¿Qué es un sesgo cognitivo?
En psicología cognitiva, la expresión sesgo cognitivo se utiliza para describir patrones sistemáticos en la forma en la que las personas seleccionan, recuerdan y combinan la información. No hace falta hablar de una entidad mental separada para entenderlo: podemos describirlo como regularidades en cómo respondemos ante determinados datos y en qué parte de esa información ponemos el foco.
Un ejemplo sencillo: si a lo largo del día vemos varias noticias negativas, es fácil concluir que “todo va mal”, aunque también hayan ocurrido situaciones positivas. El sesgo no está en los hechos, sino en qué hechos tenemos más presentes y cómo los unimos en una historia.
Cuando convivimos con un perro, estos patrones también aparecen. No vemos solo “conducta en contexto”: añadimos rápidamente una explicación sobre por qué el perro hace lo que hace. Esa explicación influye en cómo tratamos al perro y en las decisiones que tomamos sobre su educación.
Desde la psicología cognitiva, los sesgos se consideran distorsiones en la interpretación de la realidad que pueden llevarnos a tomar decisiones o emitir juicios de manera poco objetiva. Desde el análisis de la conducta, esos mismos fenómenos pueden describirse como patrones de respuesta aprendidos en función de la historia de reforzamientos y del contexto en el que se repiten.
2. Dos formas de explicar el mismo fenómeno
2.1. Desde la mirada cognitivista
El cognitivismo explica los sesgos como errores en el procesamiento de la información. Se centra en cómo la atención, la memoria y la interpretación pueden distorsionar la percepción que tenemos de la realidad.
Lo que el análisis de la conducta observa como cambios en la conducta a lo largo del historial de aprendizaje, el cognitivismo lo interpreta como fallos o atajos del pensamiento. Un mismo hecho puede entenderse como “error cognitivo” o como “respuesta funcional” según el lenguaje teórico que utilicemos.
2.2. Desde el análisis de la conducta
El análisis de la conducta no habla de sesgos “mentales”, sino de regularidades en la conducta que se repiten porque han resultado eficaces en el pasado. Lo que parece “pensar mal” puede describirse como la consecuencia de un historial de reforzamientos y castigos: la persona o el perro responden así porque, en contextos similares, esa forma de actuar ha producido determinadas consecuencias.
Desde esta perspectiva, no hay “errores cognitivos” aislados del organismo: hay conductas —externas o internas— que se han ido seleccionando y manteniendo en función de sus efectos. Pensar, recordar, imaginar o emocionarse se consideran también conductas: no siempre observables desde fuera, pero igualmente dependientes del contexto, del cuerpo y de la historia de aprendizaje.
Esto no significa negar la importancia de las emociones. Al contrario: sentir miedo, alivio o entusiasmo forma parte de la conducta del organismo. Un perro que se asusta ante un ruido no está “interpretando mal” la realidad: ha aprendido, a través de su experiencia, que ciertos estímulos se asocian con consecuencias aversivas. La emoción es una respuesta del cuerpo que forma parte de ese patrón funcional.
3. ¿Error o ajuste funcional?
Cuando hablamos de sesgos, parece que la conducta se desvía de cómo “debería ser” si la interpretación fuese completamente racional. Desde el cognitivismo, el foco está en corregir fallos de pensamiento. Desde el análisis de la conducta, el foco está en entender qué función tiene la conducta en ese contexto.
- Ejemplo humano. Una persona evita apuntarse a un grupo de entrenamiento porque en el pasado tuvo una experiencia social muy incómoda. Desde la mirada cognitivista puede hablarse de un sesgo de negatividad o de una generalización irracional. Desde el análisis de la conducta, esa evitación se entiende como una respuesta que se ha visto reforzada: al evitar la situación, disminuye el malestar a corto plazo.
- Ejemplo canino. Un perro tira de la correa cada vez que se acerca a una zona donde en el pasado ha jugado con otros perros. En lugar de interpretarlo como “desobediencia” o “cabezonería”, el análisis de la conducta describe un patrón funcional: tirar de la correa ha estado asociado a conseguir acercarse a lo que el perro valora.
En resumen, la pregunta clave deja de ser “¿por qué piensa así?” y pasa a ser: ¿qué consecuencias tiene esta forma de responder y por qué le funciona?
4. Sesgos específicos: dos lecturas posibles
4.1. Sesgo de confirmación
El sesgo de confirmación describe la tendencia a registrar y dar más peso a la información que confirma lo que ya creemos y a descartar la que no encaja.
- Lectura cognitivista. Se entiende como un sesgo en los procesos de atención y memoria: buscamos y recordamos lo que coincide con nuestras ideas previas. La información que las contradice pasa más desapercibida o se interpreta como menos relevante.
- Lectura desde el análisis de la conducta. Puede describirse como el efecto del historial de reforzamiento: a lo largo del tiempo, prestamos más atención a la información que ha estado asociada a consecuencias importantes para nosotros, y menos a la que no ha tenido efectos claros.
- Ejemplo humano. Tras varias discusiones sobre un mismo tema, una persona recuerda sobre todo las veces en que “tenía razón” y olvida los momentos en los que cambió de opinión. Defender la propia postura ha sido reforzado socialmente (aprobación, alivio, sensación de control), y esto guía qué recuerdos se hacen más accesibles.
- Ejemplo canino. El tutor cree que su perro “nunca se tumba cuando se lo piden”. Sin embargo, si registra las situaciones con detalle, descubre que sí lo hace en contextos tranquilos. El sesgo aparece cuando solo atiende a las escenas que confirman la etiqueta de “desobediente” y pasa por alto aquellas en las que la conducta sí ocurre.
4.2. Sesgo de atribución
El sesgo de atribución se relaciona con cómo explicamos las causas del comportamiento de los demás: tendemos a atribuir intenciones internas o rasgos estables sin suficiente evidencia externa.
- Lectura cognitivista. Se describe como una distorsión interpretativa: asignamos causas internas (“lo hace por fastidiar”, “es malo”, “es manipulador”) sin datos que lo justifiquen.
- Lectura desde el análisis de la conducta. En lugar de suponer intenciones, se observa un patrón de conducta aprendido: la persona o el perro responde así porque en su historial esa forma de actuar ha producido determinadas consecuencias.
- Ejemplo humano. Pensar que alguien ignora un mensaje “a propósito” para molestar, sin considerar antecedentes como falta de tiempo, distracción o dificultad para gestionar conflictos.
- Ejemplo canino. Interpretar que el perro “rompe cosas por venganza” cuando se queda solo. El análisis de la conducta propone otra lectura: conducta de exploración y manejo de estrés en un contexto de separación, mantenida por la descarga de tensión o por la historia previa de atención que ha seguido a esos episodios.
4.3. Efecto halo
El efecto halo describe la tendencia a generalizar una característica positiva o negativa a otros aspectos de la persona o del animal.
- Lectura cognitivista. Se considera una distorsión perceptiva: una cualidad destacada influye en cómo juzgamos el resto. Un detalle positivo puede colorear toda la evaluación, igual que uno negativo.
- Lectura desde el análisis de la conducta. Puede explicarse como una generalización aprendida: asociamos respuestas positivas a otros estímulos que comparten rasgos con la situación original en la que hubo reforzamiento.
- Ejemplo humano. Ver a un perro muy tranquilo en la primera sesión y concluir que “debe ser equilibrado” sin observar cómo responde en otros contextos más exigentes.
- Ejemplo canino. Un perro que ha tenido experiencias agradables con personas que huelen a una determinada colonia se aproxima confiado a cualquier persona con un olor similar. No es que “idealice” al otro de forma abstracta: su historial de reforzamientos hace que ese conjunto de estímulos funcione como señal de seguridad.
4.4. Sesgo de negatividad
El sesgo de negatividad se refiere a la tendencia a que las experiencias negativas pesen más que las positivas a la hora de guiar la conducta.
- Lectura cognitivista. Se habla de una tendencia a recordar y anticipar lo negativo: una sola experiencia desagradable puede tener más impacto que muchas satisfactorias.
- Lectura desde el análisis de la conducta. Se observa una mayor sensibilidad hacia estímulos aversivos: las consecuencias negativas tienden a guiar la conducta con más fuerza que las positivas. Las respuestas de evitación se mantienen porque reducen el malestar a corto plazo.
- Ejemplo humano. Después de un paseo complicado, el tutor recuerda sobre todo los momentos de conflicto y minimiza los fragmentos en los que el perro estuvo tranquilo. La siguiente vez sale ya anticipando problemas, lo cual cambia su propia conducta y, con ella, la del perro.
- Ejemplo canino. Un perro que se asustó por un petardo evita luego toda la zona donde ocurrió, aunque durante muchos paseos no vuelva a suceder nada. La experiencia aversiva deja una huella más duradera que las neutras o positivas.
5. Cierre: qué cambia en la práctica
El objetivo de comparar cognitivismo y análisis de la conducta no es decidir cuál “tiene razón”, sino entender que las explicaciones que usamos influyen en lo que hacemos después. Cuando cambiamos el lenguaje con el que explicamos lo que hace nuestro perro, también cambian nuestras decisiones de intervención.
En lugar de preguntarnos si “piensa mal”, podemos preguntarnos qué ha aprendido, qué señales le estamos dando y qué nuevas experiencias podemos ofrecerle para que aparezcan conductas más seguras y funcionales para los dos.
Cómo puedes usar esto con tu perro
- Describir antes de interpretar. En lugar de pensar “lo hace por llamar la atención”, empezar por anotar qué hace exactamente el perro, en qué contexto y qué ocurre justo antes y justo después.
- Cuestionar etiquetas rápidas. Palabras como “terco”, “manipulador” o “dominante” funcionan como atajos, pero no ayudan a diseñar cambios concretos. Es más útil preguntarse qué consigue o qué evita el perro con esa conducta.
- Registrar también lo que sale bien. El sesgo de negatividad hace que recuerdes sobre todo los momentos difíciles. Anotar situaciones en las que la conducta ya es más tranquila o segura ayuda a detectar qué condiciones facilitan esas respuestas.
- Mirar también tu propio historial de aprendizaje. No solo el perro tiene historial de reforzamientos: las personas también. Tal vez repites cierta forma de intervenir porque en el pasado te dio sensación de control, aunque ahora no esté ayudando.
Bibliografía académica
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